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De Ometepe a Barrio México

De Ometepe a Barrio México

Fotos y texto por Priscilla Mora, edición Pedro Murillo

Aura me explicó que Carolina casi no logra pronunciar palabra, porque irremediablemente, rompe en llanto.

Carolina Ortiz Gonzáles es una adolescente nicaragüense de 15 años, que inició el ritual de empacar sus cosas y marcharse. Dejó atrás su país Nicaragua, de la mano de su hijo Benito de 2 años hasta llegar a Barrio México.

En la Isla de Ometepe, Carolina sembraba plátano, maíz, frijoles, arroz, tabaco, ajonjolí… ahora en cambio el paisaje es de madera vieja y zinc, de lograr acomodar en 20 metros cuadrados, dos colchones y 7 personas. La comida que crecía en la tierra ahora crece en estantes de mini super de barrio.
“El problema de Nicaragua son sus presidentes” concluyó Marta, la hermana mayor de Carolina. “Yo vine porque allá no hay trabajo, porque no quiero ser una carga para mis papás. La vida es eso, trabajar uno para tener sus cositas”.

Marta tiene 24 años, hace dos años fue la primer hermana valiente que empacó sus pertenencias e inició la ruta hacia San José, tierra “prometida” de concreto y salarios. Trabaja como empleada doméstica en Escazú, para un estadounidense, también inmigrante, solo que a él le prometieron más.

Carolina cuidaba a Johny y Belki en la isla desde sus 9 años. Ahora los cuida en San José, aislada de todo.

Al llegar a la isla de Barrio México, Carolina le confesó a Marta que estaba embarazada de nuevo. Osvaldo Josué Ortiz González nació en la nueva tierra. Le prometieron los apellidos de su madre, igual que a los demás niños de la familia.

- Carolina, ¿usted quería ser mamá?

- no…

Segundos después sólo se escuchó agua correr, al igual que todos los días, Carolina lava la ropa de siete personas, a mano y en silencio.

“Ometepe es la única isla con dos volcanes en el mundo entero, ¿usted sabía?”

me cuenta el novio de Marta, Raúl. “Usted mejor no vaya a la isla porque no se va a querer venir nunca”.

Imagino a Carolina de 13 años nadando en el lago Nicaragua, sin saber todavía que está embarazada, sin miedo a los cocodrilos.

Carolina está mirando sospechosamente unos camarones que le regalaron, le digo que se ven buenos, “los del lago son diferentes”. Los cocinó con mirada lejana. Nunca me habían parecido tan tristes los camarones costarricenses.

En la zona urbana de Costa Rica los nicaraguenses constituyen 35,4% del total de hogares que viven en tugurios y un 30,1% de precarios según cifras del Censo Nacional. El mal estado de las viviendas, el hacinamiento por dormitorio, la pobreza, el no poder satisfacer necesidades básicas de salud y educación son más que cifras, son cotidianeidad.

“Yo ya me devuelvo a la isla, aquí estoy aburrida. Allá voy a vivir con mis papás que los extraño mucho, voy ayudarles a sembrar y pescar”.