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Humanoides al neón


Fotos Adrián Arias
Texto: Joyce García

En lo que podría parecer la entrada a una bodega que comercializa dudosos materiales, se encuentra un submundo a los que raras veces tenemos acceso.

Estridente música dance de la época de mis tías, de la que poco reconozco pero que me hace moverme de cualquier forma, retumba al mismo tiempo que las luces, confirmando las sospechas de la bodega dudosa, solo que adentro, en lugar de mercancía extraña, encontramos un cúmulo de personajes que poco o nada tienen que ver con la realidad.

Cejas depiladas, atuendos deportivos o lentejuelas y chaquiras, zapatos de plataforma, máscaras de moluscos, faldas cortas de spandex y peróxido en melenas que crea, junto a la piel mexica, las mejores hibridaciones a la mexicana de aladinos mutantes, depredadores transexuales, brujas octogenarias o samuráis decadentes.

Oficinistas que apenas esperan el viernes para soltarse la rígida corbata, travestidos que se mueven cual pez en el agua, musculosas parejas gay en licras, hipsters de la colonia Roma o simples amantes del baile, el Patrick Miller no reconoce raza, estrato económico o sexo, aquí el rey o la reina son los que rifan en la pista de baile, en el centro del círculo reservado para los más arriesgados en el movimiento de caderas ochentero. Es en ese pequeño círculo donde se dejan caer las máscaras, las inhibiciones o los prejuicios y se sacude la depresión, donde sus asistentes entregan gota a gota de sudor el mejor espectáculo por el que uno –uno pobre como yo- puede pagar.

Divine, Giorgio Moroder, Blondie, Donna Summer en remix y más conforman la selección musical que cada viernes saca al submundo de la oficina, el café o la casa, conformando uno de los retablos más ricos para el underground de la Ciudad de México.

Con más de 20 años en la escena de los antros de baile del DF, la disco Patrick Miller dedica a su público noches de música italo disco, high-energy, ochentas y noventas, siendo sus mejores seguidores quienes iniciaron con ellos hace dos décadas, por muy igual que suene la música cada viernes.
Ubicado en un limbo generacional, el género del high energy (Hi-NRG) nació en el Reino Unido y es una evolución de la música disco de los setentas, el dance pop de los ochentas y la cual presenta un beat más acelerado de la normal.

Sintetizadores, teclados, efectos espaciales, voces andróginas, locura de medianoche y una mezcla de dance, disco, pop y synth rock hacen que al pasar las horas el cuerpo ceda ante el alcohol y el cansancio –impuesto por el calor, el movimiento involuntario del cuerpo o el roce de la multitud- y te quitas la sed con chela o bebida energética –reservada para los guerreros del baile- sin quitar la atención de la pista del baile, bien espectador o actor, bien un peeping tom o un exhibicionista. Esa liberación de pensamiento y entrega del cuerpo es solo una de las delicias que ofrece un ambiente que se siente como una gran familia en la cena de navidad: el amor fluctúa entre alcoholes y sudores, entre la presunción de los mejores outfits y la desfachatez de la familiaridad.

Y son ellos quienes imponen el ritmo de electrodance como nadie más, sudando a chorros, dando marometas, haciendo las secuencias más complicadas imaginables y sacando a relucir el otro yo transformado a la superficie, dejando parte de su vida en esta pista de baile, que muestra, sí un cuerpo –transformado, sexualizado, exorcizado y liberado- pero también una energía eufórica por los beats, la pista y los brillos del neón.

Comentarios

1

  • Maya Winehouse

    Qué buen post! Ya hasta me dieron ganas de ir :)