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Puliendo la calavera

Puliendo la calavera

Fotos:  Adrián Arias, texto entrevista realizada para Vice México por Alejandro Mendoza.

Mi teléfono suena, contesto la llamada de un número desconocido y una voz alegre me dice: “Alex, soy Adrián, he llegado un poco antes de lo previsto”. Bajo a abrir la puerta y después de haber intercambiado algunos correos e ideas, nos conocemos en persona. Trae una pequeña Moleskine en mano y una playera con un mugshot del Rey del Soul. Lo invito a comer, a pesar de ser un poco temprano. Salimos de la oficina y caminamos por la colonia Roma en busca de un restaurante. “Desde que llegué a México he desarrollado un estómago de hierro, pero preferiría que no fueran tacos, ya que es lo que diario he comido desde que estoy acá”, me confiesa el fotógrafo costarricense mientras nos dirigimos a un restaurante de mariscos.

El motivo de la cita es para platicar sobre Sacándole brillo a la calavera, el último proyecto que Adrián Arias llevó a cabo con Douglas, uno de sus mejores amigos. “Fue muy chistoso, conocí a Dug en un bar por medio de un cuate en común. El tipo era mentalmente degenerado, el otro amigo se fue y nosotros nos quedamos hablando de unas historias sórdidas sin conocernos, al final terminamos siendo súper compas”, platica Adrián mientras esperamos que llegue el aguachile que probaría por primera vez. “Es todo un personaje, un Rambo en versión fiesta. Es un demonio”, asegura.

Douglas luchó contra el cáncer y perdió un testículo. Pero eso fue sólo el principio de la batalla. “Se dio cuenta porque estaba un día sin camisa y le empezó a salir un líquido del pezón, se fue a revisar y resulta que tenía cáncer en los testículos”, platica Adrián mientras toma un gran sorbo de su naranjada para tratar de quitarse lo enchilado, “me llamó, puedo decir que hasta sonaba emocionado, y me dijo que teníamos que vernos, que había un trabajo chingón que hacer. ‘Dude, me acaban de dictaminar cáncer, tenemos que documentarlo, va a estar súper fuerte’, me dijo”.

Adrián, con la cara roja y una respiración acelerada, asegura que este aguachile es lo más picante que ha probado en estos dos meses que lleva en México. A pesar de que en Costa Rica se acostumbra cocinar con habanero por la comida caribeña, me dice que probablemente no se lo podrá terminar. Por un momento me siento culpable por recomendárselo y decido acercarle nuevamente la carta para que pida algo más.

Vice: ¿Cómo tomaste la propuesta de hacer este proyecto?

Adrián Arias: Creo que fue en noviembre de 2010, Dug sabe la fecha exacta, pero para mí ese año fue una mierda. Uno de mis mejores amigos, un periodista y escritor, murió de sida. Después mi tío, que fue como mi mentor, murió de cáncer y luego falleció mi abuela de causas naturales. Mi tío estuvo en hospitales e incluso le iban a amputar una pierna… terrible. Lo de mi cuate fue más complicado, era una persona que se la pasaba de fiesta y de repente un día me dijeron que estaba en el hospital. Acababa de salir de rehabilitación y recayó, dejó de tomar pastillas y agarró una neumonía que lo mató. Entonces imagina, yo venía saliendo de esto y me viene este mae’ con que tiene cáncer, que hagamos este trabajo que va a ser súper bueno, pero en realidad yo no quería mezclar la cámara con esto.

¿Cómo accediste?

Me obligó. Sólo me dijo: “Ya la próxima semana tengo mi primera quimio, ahí comenzamos”, pero ni mierda, yo no quería hacerlo, no quería que a él le pasara algo, ¿si estábamos haciendo el documental y se moría o algo así? No quería mezclar eso con el trabajo. Luego me llamó y me dijo: “Usted me está diciendo que no, pero ni picha, tiene que hacerlo y punto”. Accedí con la condición de que me prometiera que no se iba a morir, que iba a aguantar y sólo dijo: “¿usted con quién cree que está hablando?”

Con una respiración más tranquila y la naranjada a la mitad, Adrián se decide a probar una pescadilla. Llamamos al mesero, pido una para cada quien y continúa:

Desde el primer día, él ya estaba mentalizado que esa mierda no lo iba a matar. El primer día fue light, él estaba tranquilo a pesar de estar rodeados de gente enferma, ya que fue en el Seguro y no en un hospitalhigh.

“Sacándole brillo a la calavera” sirvió como una válvula de escape, la meta no era pensar en el cáncer, sino en hacer las fotos y en nuevas ideas para el proyecto. Aunque hubo momentos en los que Dug entraba en caos con él mismo, aceptando la enfermedad y asimilando lo que sufría, al mismo tiempo parecía un juego más que algo realmente serio. “Imagínate, él estaba vomitando todos los días, sufriendo con la quimio, estaba perdiendo el pelo y ya le habían quitado un huevo… peor no podía estar”, platica Adrián.

Douglas estuvo enfermo por poco menos de un año y como dijo la mamá de Adrián, que es doctora, lo que ellos estaban haciendo no era ningún juego. Adrián recuerda que lo peor eran las recaídas. Había días en los que Dug estaba bien y a la semana siguiente tenía que ir de emergencia al hospital porque lo iban a operar. Aún así, las recaídas sirvieron como un impulsor para terminar el proyecto, a pesar de no saber hacia dónde iba o cuál sería el final.

Cuando Adrián no tenía acceso a ciertos lugares del hospital, Douglas hacía las fotos, lo que lo convirtió en una terapia. Él aprendía a tomar fotos mientras lidiaba con el cáncer. Después de superar la enfermedad, Dug se ha hecho varios exámenes generales y siempre ha salido sin residuos generales, lo que es un logro para muchas personas que han batallado con esta enfermedad.

El mesero se lleva nuestros platos vacíos y seguimos platicando con cumbias de fondo saliendo de las bocinas:

Platícame cómo trabajaban.

Me llamaba a cada rato y me decía cualquier cosa: “dude, hoy se me está cayendo el cabello, tenemos que hacer unas fotos” o “dude, estoy hecho una mierda y no me puedo ni parar, ven un rato a la casa, platicamos y hacemos unas cuantas fotos”, y ya nos veíamos.

Dug es un tipo duro.

Exactamente y eso fue la solución para poder lograrlo. Aunque también hubo momentos gachos, porque la gente que también iba a las quimios y que comenzamos a conocer, se morían. Era como: “güey, en realidad estamos haciendo esto”, pero también era como, “hay que dejarnos de dramas y el asunto es acabar con esta vara rápido”.

Adrián saca de la bolsa de su pantalón una cajetilla de Delicados, toma uno y se lo lleva a la boca. Lo enciende, aspira y exhala una bocanada de humo. De pronto ya no nos podemos escuchar muy bien. El volumen de alguna canción cumbianchera ha aumentado y una pequeña bocina está sobre nuestras cabezas. Me levanto, voy a la barra y le pido al encargado que baje un poco el volumen.

Puedes ser Rambo, Chuck Norris o el chingado William Wallace, pero una enfermedad de este tipo te cansa, te tumba y te pone a dudar. “Varias veces pensamos que no lo iba a lograr”, dice Adrián, quien se fue a estudiar a España un mes durante la enfermedad de Dug. “Hicimos una fiesta de despedida en mi casa y nos pusimos súper pedos. Ahí me dijo que ahora sí sentía que la muerte estaba  respirándole en el oído, que ya le había succionado todo y que no podía ser él mismo. Que ya no soportaba toda esa mierda, era lo peor del mundo”.

En esa fiesta, ¿se despidieron como si ya no se fueran a ver?

No somos así, somos más cabrones, por decir algo. Sólo le dije que teníamos que terminar el documental, que fue como decirle que tenía que estar vivo para cuando yo volviera.

Da una última bocanada y apaga su cigarro, después me dice que a pesar de todo esto, Douglas nunca adoptó la posición de un enfermo, siempre fue como una persona común y corriente.  Los dos eran vistos como un par de locos con una cámara en el hospital, pero Dug, como personaje, daba un ambiente distinto al lugar. Nunca fue un enfermo más porque él mismo no quiso ser alguien así. Los enfermeros lo saludaban con un choque de puños y él los trataba como a cualquier compa en la calle. Veía a las mujeres en el hospital y les decía: “mire, qué guapa usted” y nunca cambio su forma de ser.

Se acerca un vendedor callejero y nos ofrece unas figuras de animales hechas con aluminio. Ninguno de los dos está dispuesto a comprar, a lo que el vendedor nos pide por lo menos un cigarro de la cajetilla que está en la mesa. Adrián le acerca uno, toma otro más y se lo lleva a la boca, y el vendedor se aleja a otra mesa a ofrecer los mismos artículos. Adrián prende su cigarro y sigue platicando: “Era muy rico verlo entrar a la sala de terapia e inyectar a la gente con su energía. Todos estaban en un estado de depresión total y él decía que no le iba a pasar nada, que no se daría por vencido. Era su manera de lidiar con todo el asunto”.

¿La tuya cuál era?

Él pensaba que sería cool hacer fotos de esto. Yo ya lo había vivido con mi tío y sabía que no iba a ser bonito, cool, ni light. Sabía que iba a ser una mierda. Yo creo que él también lo sabía, pero decidió lidiar de otra manera con esto.

¿Se puede decir que lo hiciste más por él?

Exacto. Yo no tenía ningún interés fotográfico, personal fue más interesante. En esos momentos no piensas en la foto, sólo en que este tipo no se muera. Ya me había pasado, con mi otro amigo, el escritor que murió de sida, sólo podía pensar en miles de cosas que no habíamos hecho.

Pedimos la cuenta. El proyecto aún no tiene final, Douglas le pateó el culo a la muerte y se pasó el cáncer por los huevos. Literalmente. Aún así, el puto cáncer es impredecible. Felipe, el amigo de Adrián que murió de sida en 2010, se enamoró de Tijuana en un viaje que hizo a México y les dijo que tenían que ir a un show de enanos y burros que había allá. Douglas no maneja bien las distancias del país, pero asegura que cuando venga al Distrito Federal, en un par de meses, irán a conocer el show.

“Yo tenía una balanza, el otro amigo que se dejó vencer y se fue, y este güey que dijo: ‘Mierda, aquí no pasa nada y seguimos ahí’. No se trató de una mentalidad positiva como de esas de autoayuda, sino que era una cuestión de fuerza más que todo. De fuerza, ése era el asunto, así como una bestia”. Pagamos y recogemos las cosas de la mesa para comenzar a caminar de regreso.

“A veces uno se encuentra gente en un bar y de momento esa gente se convierte en algo muy importante para uno y te enseñan un montón de cosas. Aprendí de esto que hay que tener los huevos para hacer las cosas, o el huevo, en este caso. Aunque le cortaran los dos, hubiera quedado igual. Hay que tener la fuerza para afrontar cuanta mierda se le ponga a uno en frente. Si usted toma una actitud pasiva y deja que las cosas se lo traguen a uno, se lo tragan, pero si usted no se deja, puede hacer lo que quiera”. Adrián guarda la cajetilla de Delicados y comienza a caminar conmigo. Mientras lo hacemos, no puedo evitar pensar: “Qué huevos tienen estos cabrones”.

Continúa con la segunda parte con “mi amigo me tomó fotos pateándole el culo al cáncer”  de Dug en VICE MX.