Texto Jenny Cascante foto Adrián Arias 

El día de su retiro, dejó atrás los compromisos ordinarios de los que formó parte por años.  Sus escrutinios favoritos, esos que realizaba, muchas veces, por gusto; el ir y venir de los formularios, la cadenciosa voz de los clientes, el timbrazo incesante del teléfono, la mágica seguridad que le proporcionaba ese escritorio de cincuenta por veinticinco.

Repetir “buenos días” cien veces al día no era peor que lo que le esperaba de ahora en adelante: absoluta y completa independencia.

En la silla del corredor de su casa, con todo ese tiempo libre en sus manos, por primera vez se sintió borracho de aburrimiento. Por primera vez conoció el sentimiento que embarga a alguien que cometió un error.