Texto por Adrián Arias

La revolución de las nuevas tecnologías parecía ser la panacea dentro de la fotografía contemporánea, sin embargo, aquí estamos los profesionales 30 años después de la democratización fotográfica intentando darle sentido a esta época.

El pasado 30 de Mayo, el Chicago Sun times decide despedir a su equipo de 30 fotógrafos, dejando en la banca del desempleo al ganador del Premio Pulitzer John White, quien se convierte en un free-lance más de los que “solo presionan un botón”.

La solución que propone el medio es ofrecerles un taller avanzado de cómo utilizar un I-phone a su grupo de periodistas, dejando de lado el conocimiento y la experiencia que se necesita en nuestra profesión… esta como muchas otras, son las promesas que nos presenta la tan aclamada democratización de los medios, la cual nos deja un panorama casi apocalíptico para los bolsillos de los que nos dedicamos a esto.

La cura prometida

La lógica de esta democratización parece ser una arma de doble filo, ya que por un lado nos ofrece posibilidades creativas que a la vez son más económicas, en donde se han elaborado propuestas innovadoras como lo son los casos de Richard Kochi o Gilbert Hage , quienes han explorado el lenguaje y la versatilidad que nos ofrece la telefonía móvil como un nuevo medio expresivo.

En la otra cara de la moneda el fenómeno nos plantea otro tipo de escenario, donde el papel del profesional se diluye cada vez más, eclipsado por la popularización de las herramientas y la facilidad con que se puede desarrollar una imagen “profesional”, para dejar de lado la investigación, la intención y el sentido que una persona preparada le puede dar a un trabajo.

Es común ver cómo la oferta de fotógrafos “profesionales” se ha convertido en una avasallante polución mediática, donde los empleadores creen lejana la posibilidad de pagar por un servicio si existe la posibilidad de que el trabajo se solucione al pulsar un botón.

“La proliferación de las cámaras baratas, los dispositivos digitales, internet y las redes sociales nos han conducido a una situación de exceso y acceso limitado, inmediato y sin coste a todo tipo de imágenes. Imágenes en la mayoría de los casos banales y de consumo a las cuales la nueva generación de fotógrafos intenta responder críticamente procurando ya no una vida en las imágenes si no una pedagogía de supervivencia que nos salve de ser avasallados por el tsunami icónico. “Joan Fontcuberta

A manera de evidenciar este fenómeno el canadiense James Hodgine desarrolla un blog “crappy vs snappy” , el cual realiza un experimento en medio de sus asignaciones diciéndole a gente común y a sus clientes que realicen una imagen con teléfono y las compara con su trabajo profesional, dejando en evidencia un resultado que a simple vista salta, sin lugar a dudas.

A todo esto: ¿Tiene algún mérito que usemos un i-phone en vez de la cámara?, ¿desde cuando ha sido una normativa que el medio este por encima de los resultados? ¿es que acaso la profesión se basa en cumplir con las necesidades de consumo que tiene una sociedad con respecto a un objeto?.

Me pregunto si alguien pensó alguna vez qué cámara usaba Robert Frank, como si allí residiera el poder de sus historias.

El fenómeno se hace evidente con estar media hora online para que te den de desayunar toneladas de fotos de gatos, HDR sobreproducidos y cuantos platos de comida sean posibles…

Pues colegas, bienvenidos a las catacumbas de la mirada, que estamos creando un imaginario colectivo construido con las fotos del perro de tu amigo, para una audiencia con ojos más entrenados para ver el uso excesivo de Photoshop que las situaciones que se están viviendo en el mundo.

Por que el mounstro ególatra tenemos que alimentarlo de ”likes” y fotos virales, que si tenemos suerte y alcanzamos los altos rangos de google, alguna señora realizará un power point con nuestras imágenes universales.

La prometida democratización ha ido en detrimento de un desarrollo visual, en términos de aportación al lenguaje. Es de entender que hay diferencias en los usos de la fotografía, quiérase de autor, publicitaria, del álbum familiar o por sus valores históricos… que fotografiemos nuestra vida cotidiana, el día de día a través de imágenes no quiere decir que por ello sea suficiente ni que alcance la profundidad que los grandes fotógrafos han buscado en sus ensayos familiares (como ejemplo encontramos a Richard Billingham o el mismo Pedro Meyer) sabemos que el poder la fotografía también reside en la esfera de lo personal y del recuerdo, pero cuando se confunde esto con el campo profesional se va está jugando en la delgada línea de batalla de la fotografía y el álbum familiar, que poco ayudan a esclarecer el problema de la especificidad de la fotografía.

Es en esta colisión entre el mundo de la foto como recuerdo y la del mundo profesional, cuando queda en medio un área gris en la cual los medios masivos así como los empresariales nos han declarado una guerra sucia.

Bolsillos vacíos y la guerra sucia

Chicago Sun times ha decidido prescindir de su departamento de fotografía dejando a 30 fotógrafos profesionales sin sustento, sustituidos por la acción de un botón. Probablemente esto ya lo hemos olvidado, un ejercicio bastante común en el mar de información que nos ofrece el internet, cumpliendo su calidad de escándalo la primera semana en que la noticia recorrió el mundo, ocupando los muros de fotógrafos indignados alrededor del mundo.

Empresarios nos han declarado una guerra sucia donde la subsistencia es la que manda, llevando la delantera en un territorio incómodo donde tenemos que hacer cualquier tipo de trabajos para poder pagar nuestra canasta básica, dejando como resultado contenidos editoriales banales pero bastante rentables para las empresas.

Susan Meyer CEO de Yahoo lo ha dejado muy claro al ojo publico:

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“…there’s no such thing as Flickr Pro, because today, with cameras as pervasive as they are, there is no such thing really as professional photographers, when there’s everything is professional photographers “

Este punto de vista resume la visión que muchas empresas están tomando en cuanto a pagar por las imágenes, generando una postura de desprecio con la labor del fotógrafo; ellos utilizan como sus fuertes de batalla económica la cultura del regateo y la devaluación de un oficio por medio de los dispositivos móviles, sin tomar en cuenta que muchas veces son los mismos fotógrafos los que los encumbraron en el pedestal comercial en que basan sus negocios.

Probablemente no encontremos una panacea para curar todos los males que enfrenta nuestra profesión, pero seguramente la mejor arma que tenemos para combatir este virus es producir contenidos innovadores y fieles a nuestras inquietudes personales, sin importar cuales sean los del mundo globalizado, por que si algo nos enseñaron nuestros predecesores es que ante cualquier crisis la calidad de las fotos son las hablarán por un oficio que todavía no se ha dado por vencido.